# Cómo viajar a Europa sin salir de Puebla - El paseo de los gigantes - Edificios a escala

> Crónica de una visita al Paseo de los Gigantes de Puebla, con edificios famosos del mundo construidos a escala.

- Tipo: Video
- Campo formativo: Saberes y pensamiento científico
- Para: Alumnos
- Video: https://www.youtube.com/watch?v=HavJsvTpAXI (10:00)
- Publicado: 2026-10-18
- URL: https://laexperienciadeaprender.com/videos/como-viajar-a-europa-sin-salir-de-puebla/

## Transcripción

El otro domingo, a eso de la una de la tarde, empecé a darle la vuelta al mundo. Cuarenta minutos después ya estaba de regreso. Cuatro países. Sin pasaporte, sin maleta… y sin boleto de avión. Había ido a la Fototeca del Parque La Constancia, al norte de la ciudad de Puebla.

Al salir, vi una bandera de México del tamaño de mi brazo, ondeando frente a un Palacio Nacional que me llegaba a las rodillas. Así descubrí el Paseo de los Gigantes. El Paseo de los Gigantes es un museo de maquetas al aire libre, con entrada gratuita. Abrió en dos mil diecisiete y, tras una rehabilitación, reabrió en enero de dos mil veinticuatro. Hoy reúne más de cincuenta maquetas, repartidas en once islas y cuatro zonas: Puebla y Cholula, México, Estados Unidos, y Europa y Asia.

Y comparte el parque con un gigante de verdad: la antigua fábrica textil La Constancia Mexicana, de mil ochocientos treinta y cinco. Lo primero que noté fueron unas vías de tren en miniatura que pasan entre las maquetas. La Estrella de Puebla, que siempre veo de lejos, aquí cabe en un círculo de pasto. La real mide ochenta metros. En dos mil trece entró al libro Guinness como la rueda de observación transportable más grande del mundo: se puede desarmar y llevar a otro lugar.

Junto a ella está el Museo Internacional del Barroco, con sus muros blancos que parecen hojas de papel dobladas. Lo diseñó el arquitecto japonés Toyo Ito, ganador del premio Pritzker. La maqueta copia su truco: paneles curvos y un espejo de agua que los refleja. Luego, la Catedral de Puebla, con sus dos torres y su cúpula de azulejos. Sus torres miden casi setenta metros: están entre las más altas de México.

Más allá, la Gran Pirámide de Cholula parece un cerro verde, con una iglesia en la cima. Y no es un descuido de la maqueta: la pirámide real está cubierta de tierra y vegetación. Por su volumen, es la pirámide más grande del mundo. Mi favorita de esta zona fue el Estadio Cuauhtémoc. Fue sede de dos Copas del Mundo.

En su remodelación de dos mil quince lo envolvieron con una piel de paneles azules y blancos, inspirada en la talavera poblana. Y en la maqueta, esa piel está hecha con cientos de rectangulitos azules, uno junto al otro. Después volví a la Ciudad de México. Bueno… caminé diez pasos. Ahí estaba el Ángel de la Independencia, dorado, en lo alto de su columna.

El Ángel se inauguró en mil novecientos diez, para el centenario de la Independencia. Y guarda un secreto: cuando se construyó, su base tenía nueve escalones. Hoy tiene veintitrés. La columna se apoya en pilotes profundos, pero el suelo de la ciudad, que antes fue un lago, se hundió a su alrededor: hubo que agregar catorce escalones. Al lado, el Palacio de Bellas Artes, con sus cúpulas doradas.

Tardó treinta años en construirse, de mil novecientos cuatro a mil novecientos treinta y cuatro, y por el peso del mármol también se ha hundido varios metros. Y dentro guarda algo que ninguna maqueta puede mostrar: un telón de cristal de la casa Tiffany, con casi un millón de piezas. Cada maqueta tiene una cédula con sus datos. Y en todas me llamó la atención un renglón: escala. Las de México dicen uno a treinta y tres.

Las del extranjero, casi todas, uno a cincuenta. Escala uno a cincuenta quiere decir que cada centímetro de la maqueta representa cincuenta centímetros del edificio real. A esa escala, una persona de un metro setenta mediría apenas tres centímetros y medio. Lo que mide un clip. Y sí: si te agachas, vas a encontrar figuritas humanas de ese tamaño paseando por las plazas.

Hay excepciones. El Puente de Brooklyn, por ejemplo, está a uno a cien. Tiene lógica. El puente real mide casi dos kilómetros. A uno a cincuenta, su maqueta mediría treinta y seis metros.

Elegir la escala es la primera decisión de quien hace maquetas: lo bastante grande para que se lean los detalles, y lo bastante pequeña para que quepa. La segunda decisión es qué detalles conservar. Una maqueta no copia todo: copia lo que hace que reconozcas un edificio al primer vistazo. Y desde ahí, el paseo se volvió un juego para mí: encontrar esos detalles. El primero lo encontré en Washington, frente al Monumento a Lincoln.

El templo real tiene treinta y seis columnas, una por cada estado que formaba el país cuando murió Lincoln. La maqueta las respeta: doce columnas en fila en su fachada principal. Adentro está la estatua de Lincoln, de casi seis metros. A esta escala, mediría poco más de once centímetros. La Casa Blanca me sorprendió por otra razón.

No es de piedra blanca: es de piedra arenisca gris, pintada de blanco. Para mantenerla así se necesitan más de dos mil litros de pintura. Con el obelisco de Washington aprendí que una maqueta también simplifica. El real mide ciento sesenta y nueve metros, y a poco más de un cuarto de su altura cambia de color: la obra se detuvo más de veinte años y, al reanudarse, el mármol llegó de otra cantera. En la maqueta, el obelisco es de un solo tono.

Ese detalle se quedó fuera. Tres minutos después ya estaba en Moscú. Y la Plaza Roja me dejó con la boca abierta. La Catedral de San Basilio se construyó entre mil quinientos cincuenta y cinco y mil quinientos sesenta y uno. No es un solo templo: son ocho capillas alrededor de una torre central, cada una con su propia cúpula de bulbo.

En la maqueta, cada cúpula tiene su propio dibujo: espirales, rombos, franjas. Pintar eso a escala es un trabajo de paciencia. Detrás está la muralla del Kremlin, con sus almenas en forma de cola de golondrina. Y frente al mausoleo de Lenin, alguien acomodó soldaditos y tanques diminutos, como en un desfile. Esa muralla roja la levantaron arquitectos italianos entre mil cuatrocientos ochenta y cinco y mil cuatrocientos noventa y cinco.

Mide más de dos kilómetros y tiene veinte torres. De Moscú a Berlín hay más de mil seiscientos kilómetros. Aquí, unos cuantos pasos. La Puerta de Brandeburgo se terminó en mil setecientos noventa y uno. Sus doce columnas forman cinco pasos, y arriba va la cuadriga: una diosa en un carro tirado por cuatro caballos.

En mil ochocientos seis, Napoleón se la llevó a París. Volvió a Berlín ocho años después. Pero el detalle que más me gustó estaba en el Reichstag. Sobre su entrada se lee Dem deutschen Volke: «Al pueblo alemán». Esa inscripción se añadió en mil novecientos dieciséis, y en la maqueta se puede leer letra por letra, con los relieves del frontón.

Encima, la cúpula de vidrio de Norman Foster, de mil novecientos noventa y nueve: la gente camina por encima del Parlamento. La última parada fue Nueva York. La Estatua de la Libertad llegó desde Francia y se inauguró en mil ochocientos ochenta y seis. Su piel es de cobre, de unos dos milímetros y medio de grosor, sostenida por un esqueleto de hierro diseñado por Gustave Eiffel. Al principio brillaba como una moneda nueva.

Con los años, el cobre se oxidó y se volvió verde. La maqueta ya nace verde: copia a la estatua de hoy, no a la de su estreno. Con su pedestal, la real mide noventa y tres metros. A escala uno a cincuenta, mediría casi un metro noventa: más alta que muchos visitantes. Y para cerrar, el Puente de Brooklyn, con su tablero de acero y sus torres de arcos góticos.

Se inauguró en mil ochocientos ochenta y tres, y fue el primer gran puente colgante con cables de acero. Su diseñador, John Roebling, murió al empezar la obra, y su hijo Washington enfermó en ella. Entonces su esposa, Emily Warren Roebling, llevó las instrucciones a la obra durante años, y fue la primera en cruzarlo. Un año después, para demostrar que era seguro, un circo lo cruzó con veintiún elefantes. Cuando tomé mi última foto, habían pasado apenas cuarenta minutos.

Seis ciudades. Cuatro países. Y me fui a casa con tres ideas. Una: lo grande también se entiende de cerca. Una maqueta te deja ver un edificio completo, de un solo vistazo.

Dos: copiar no es repetirlo todo. Es elegir lo que hace único a cada edificio. Y tres: lee la cédula… y luego sigue preguntando. Si te gustó este paseo, dale like y suscríbete. Y cuéntame en los comentarios: ¿qué gigante del mundo te gustaría ver en miniatura?

Y si conoces a alguien que vive en Puebla, o que va a ir pronto, mándale este video: puede ser el plan de su próximo domingo. Nos vemos en el siguiente recorrido. ¡Hasta pronto!

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Fuente: La Experiencia De Aprender (https://laexperienciadeaprender.com). Iniciativa educativa independiente; no está vinculada a la SEP.