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La Conquista de México y el Virreinato para niños
La Conquista de México y los 300 años del Virreinato de la Nueva España explicados para niños. Nuestros saberes de 4.º, págs. 146 a 155.
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En este video aprenderás
- Por qué Portugal y España buscaron nuevas rutas por el mar (1453) y qué inventos usaron: carabela, brújula, astrolabio y cuadrante
- El viaje de Cristóbal Colón en 1492 (y lo que el libro no dice: ¿por qué llamó "indios" a quienes vivían aquí?)
- Malintzin, Hernán Cortés, Moctezuma II y la caída de México-Tenochtitlan (13 de agosto de 1521)
- La Noche Triste y la matanza del Templo Mayor, contadas con respeto y desde los dos lados
- El Virreinato de la Nueva España: encomienda, haciendas, plata, el primer virrey y el galeón de Manila
- El mestizaje en la comida, las palabras (¡apapachar viene del náhuatl!) y el arte; y lo que el libro no dice de las castas
- Una reflexión: nadie está hecho de un solo hilo
Capítulos
- 0:00En este taco hay dos mundos
- 0:47Nuestros saberes, pág. 146: ¿qué es el intercambio cultural?
- 1:19El telar de la historia
- 1:581453: se cierra el camino a Asia
- 2:30Tres razones para viajar por el mar
- 3:11Cristóbal Colón llega a América (1492)
- 4:06El Caribe y el hilo de África
- 4:53Tenochtitlan: aquí no había un mundo vacío
- 5:31Malintzin y la cadena de palabras
- 6:13Cortés y Moctezuma, frente a frente
- 7:01La matanza del Templo Mayor y la Noche Triste
- 7:52La viruela y la caída de Tenochtitlan (1521)
- 8:39Un momento de silencio
- 9:19300 años de Virreinato: el mestizaje
- 9:56La encomienda y las haciendas
- 10:27La plata y el primer virrey
- 10:58El galeón de Manila: el hilo de Asia
- 11:25Las fronteras de la Nueva España
- 12:08La herencia del mestizaje: las castas
- 12:44Dos mundos en un plato
- 13:17Palabras del náhuatl y arte mestizo
- 13:59Reflexión: nadie está hecho de un solo hilo
- 15:29¡El reto del cronista!
- 17:31Misión en familia
- 18:13Sigue aprendiendo
Transcripción del video
Revisada
Mira este taco. Parece un taco cualquiera, ¿verdad? Pues en este taco… hay dos mundos. La tortilla es de maíz, que se cultiva aquí desde hace miles de años. Pero la carne de cerdo… llegó en barco, desde el otro lado del mar.
Imagina que un día llegan a tu ciudad personas que nadie había visto nunca. Hablan otro idioma, traen animales enormes… y después de eso, nada vuelve a ser igual. Eso pasó aquí, hace un poco más de quinientos años. Fue una historia de mucho dolor… y también el comienzo de lo que hoy somos. Al final te espera el reto del cronista… y una pregunta para pensar con el corazón.
Todo esto lo cuenta nuestro libro, Nuestros saberes, desde la página ciento cuarenta y seis. Y su título lo dice todo: Trescientos años de intercambio cultural. ¿Intercambio cultural? Pues mira: la cultura es lo que un pueblo sabe hacer y comparte. Su comida, su idioma, sus fiestas, su forma de creer.
Y hay intercambio cuando dos pueblos se encuentran… y empiezan a mezclar todo eso. Ella es Itzel. Su abuela teje rebozos en un telar, hilo por hilo. Y un telar nos va a ayudar a entender esta historia. Primero, el hilo de los pueblos originarios, que vivían aquí desde hacía miles de años.
Luego, el hilo de Europa. Después, el de África. Y más tarde, hasta un hilo de Asia. Durante trescientos años esos hilos se entrelazaron. Algunas veces con respeto… y muchas otras, a la fuerza.
Pero, ¿cómo empezó todo? Tenemos que viajar muy lejos. Año mil cuatrocientos cincuenta y tres. Constantinopla, la ciudad que hoy se llama Estambul, en Turquía. Por ahí pasaba el comercio entre Europa y Asia: especias, seda, piedras preciosas… Ese año, el Imperio otomano se apoderó de la ciudad.
Y como estaba en guerra con los europeos, les cerró el paso. Entonces Portugal y España decidieron buscar otro camino… por el mar. El libro nos da tres razones. Una: el interés político y comercial de sus líderes, como el príncipe portugués Enrique, El Navegante. Dos: las ganas de aventura.
Bartolomé Díaz fue el primer europeo en llegar al sur de África, y Vasco de Gama le dio la vuelta hasta llegar a la India. Y tres: los nuevos inventos. La carabela, un barco sin remos que avanzaba con el viento y cargaba agua y comida para viajes largos. Y para no perderse en alta mar, la brújula, que marca el rumbo, y el astrolabio y el cuadrante, que miden la altura de las estrellas. Y aquí aparece un navegante nacido en Génova: Cristóbal Colón.
Su idea era atrevida: llegar a Asia… navegando hacia el oeste. ¿Te fijas? Por el lado contrario, para no chocar con los portugueses. Los reyes de España pagaron el viaje, y el tres de agosto de mil cuatrocientos noventa y dos, Colón zarpó del puerto de Palos. Pasó por las islas Canarias y se adentró en lo desconocido.
Cinco semanas de puro mar. Hasta que, el doce de octubre de mil cuatrocientos noventa y dos… ¡tierra! Había llegado a un continente que los europeos no conocían, y que después se llamaría América. Lo que el libro no dice: Colón creyó que estaba en la India. Por eso llamó indios a quienes vivían aquí.
Y murió sin saber que había encontrado otro continente. Pero para quienes vivían aquí, este no era un mundo nuevo. Era su casa. En las islas del Caribe, como Cuba y Santo Domingo, los españoles obligaron a los indígenas a trabajar muy duro en los campos de caña de azúcar. Por el trabajo tan pesado, y por enfermedades que no conocían, muchísimas personas murieron.
El libro dice que las comunidades fueron diezmadas. Entonces los españoles trajeron personas de África, a la fuerza, como esclavos. Así llegó el hilo africano a esta historia: con dolor, lejos de su tierra. Pero con él llegaron también su música, su comida y su fuerza. Desde Cuba, los españoles miraron hacia el oeste.
En mil quinientos diecisiete, Francisco Hernández de Córdoba llegó a Champotón, en Campeche, y murió peleando contra los mayas. Un año después, Juan de Grijalva recorrió las costas de Yucatán, Tabasco y Veracruz, y encontró pueblos más grandes y mejor organizados. Porque aquí no había un mundo vacío. Había millones de personas, mercados, escuelas, templos… y una ciudad asombrosa sobre un lago: México-Tenochtitlan, una de las más grandes del mundo en ese tiempo. En mil quinientos diecinueve llegó Hernán Cortés.
En Tabasco venció a los pueblos de la región, y le entregaron varias mujeres como tributo. Una de ellas cambiaría la historia: Malintzin, también llamada Malinche. Hablaba maya y náhuatl, la lengua de los mexicas. Y con Cortés venía Jerónimo de Aguilar, un español que había naufragado años antes y había aprendido maya. ¿Te fijas cómo funcionaba?
Cortés hablaba en español. Aguilar lo pasaba al maya. Y Malintzin, del maya al náhuatl. Una cadena de palabras. Con el tiempo, Malintzin aprendió español… y la cadena se hizo más corta.
El veintidós de abril de mil quinientos diecinueve, Cortés fundó la Villa Rica de la Vera Cruz: el primer ayuntamiento de América. Ahí lo visitaron enviados de Moctezuma segundo, el tlatoani mexica. El tlatoani era el gobernante: el que tenía la palabra. Querían medir la fuerza de los extranjeros… y convencerlos de que se fueran. Pero Cortés decidió ir a Tenochtitlan.
En el camino se alió con pueblos rivales de los mexicas, como Cempoala y Tlaxcala. Le dieron información, comida… y guerreros. En noviembre de mil quinientos diecinueve llegaron a Tenochtitlan, y Moctezuma los hospedó en su palacio. Dos mundos, frente a frente. Pero la calma no duró.
En mil quinientos veinte, Cortés salió a enfrentar a Pánfilo de Narváez, que venía de Cuba a arrestarlo, y dejó al mando a Pedro de Alvarado. En mayo, durante una fiesta en honor de Huitzilopochtli en el Templo Mayor, los españoles atacaron a los nobles mexicas. Hoy se le conoce como la matanza del Templo Mayor. El pueblo, indignado, se levantó. Moctezuma fue herido de muerte, y el treinta de junio de mil quinientos veinte los españoles huyeron de noche.
Es la Noche Triste. Triste para los españoles… porque para los mexicas fue una victoria. Cortés se refugió en Tlaxcala. Y en Texcoco construyó bergantines: pequeños barcos con cañones, para atacar la ciudad por el lago. En mayo de mil quinientos veintiuno, los españoles y miles de aliados indígenas rodearon Tenochtitlan.
Le cortaron la comida y el agua. Y dentro de la ciudad apareció un enemigo invisible: la viruela. Una enfermedad que no existía en América. Miles de personas enfermaron. Hasta el nuevo tlatoani, Cuitláhuac, murió de viruela.
La defensa quedó en manos de un joven: Cuauhtémoc. Se peleó en el lago y casa por casa. Los mexicas defendieron cada palmo de su tierra. Hasta que, el trece de agosto de mil quinientos veintiuno, Cuauhtémoc fue capturado. La gran Tenochtitlan había caído.
Detengámonos un momento. Piensa en las niñas y los niños de Tenochtitlan. Jugaban en los canales, iban al mercado, miraban los volcanes cada mañana. Muchos perdieron a su familia, su casa, su ciudad. Por eso esta historia no es un juego de buenos contra malos.
Es la historia de personas. Personas que sufrieron… y personas que resistieron. Tenochtitlan cayó. Pero su gente no desapareció. Hoy, más de un millón y medio de personas siguen hablando náhuatl.
Sobre esa ciudad se construyó otra: la capital de la Nueva España. Durante trescientos años, de mil quinientos veintiuno a mil ochocientos veintiuno, España gobernó estas tierras. Es el Virreinato. Los europeos impusieron sus leyes, su idioma y la religión católica. Pero los pueblos indígenas, y después los afrodescendientes, guardaron sus costumbres y su forma de ver el mundo.
Es decir: no se borró un hilo para poner otro. Se empezaron a tejer juntos. A eso se le llama mestizaje. Primero, el rey dio encomiendas: tierras, junto con los indígenas que vivían en ellas, para que las trabajaran. A cambio, el encomendero debía enseñarles la religión cristiana y educarlos.
¿Suena justo? No lo era: había malos tratos, y a finales del siglo dieciséis la encomienda desapareció. Entonces crecieron las haciendas: grandes terrenos con cultivos y ganado, que eran el centro de la vida de los pueblos. Y entonces… ¡plata! Desde mil quinientos treinta y cuatro se descubrieron minas en Guanajuato, Zacatecas, San Luis Potosí y Guerrero.
La plata viajaba por el Camino Real hasta Veracruz, y de ahí a Europa. Pagó guerras de España… y también palacios y obras de arte. En mil quinientos treinta y cinco llegó el primer virrey, don Antonio de Mendoza, que gobernaba en nombre del rey. Y en mil quinientos sesenta y cinco, las islas Filipinas, en Asia, se unieron a la Nueva España. Los barcos llegaban de Asia a Acapulco con seda, porcelana y especias; cruzaban por tierra hasta Veracruz, y seguían a España.
Las monedas de plata hechas aquí circularon por Europa y por Asia. Y así llegó el cuarto hilo a nuestro tejido: el hilo de Asia. La Nueva España era enorme: se dividió en reinos, capitanías y provincias, todas bajo el virrey. Míralo en este mapa del libro. En los puertos se encontraban personas de muchos lugares: filipinos en el Pacífico, afrodescendientes en Veracruz.
En el norte, los pueblos que los españoles llamaron chichimecas defendieron su territorio, y se construyeron presidios: fuertes en la frontera. Aun así, también hubo comercio e intercambio. Y en Yucatán, a los mayas se les mantuvo apartados de las ciudades, lo que provocó rebeliones durante muchos años. Y ahora, la parte más bonita: la herencia del mestizaje. Españoles, indígenas y africanos formaron familias.
Las autoridades inventaron nombres para cada mezcla: las castas, que hasta se pintaban en cuadros. El libro dice que las castas muestran la riqueza cultural. Es cierto… aunque también servían para darles más derechos a unos que a otros. Por eso, en la página ciento cincuenta y cinco, el libro habla de división social y racial. Y en la comida, ¡se nota muchísimo!
De Mesoamérica, el maíz, el chile y el frijol. De Europa, la carne de res, de cerdo y de gallina. ¿Te acuerdas del taco del principio? De África llegó el sofrito: freír primero cebolla, ajo y jitomate, como en la cocina de Veracruz y Tabasco. Y el viaje fue de ida y vuelta: el jitomate, el chocolate y el maíz se fueron al mundo.
Sin nuestro jitomate… ¡la pizza no tendría salsa! También se mezclaron las palabras. ¿Sabías que hablas náhuatl sin darte cuenta? Chocolate, tomate, aguacate, cacahuate, chicle, papalote… Hasta llegaron palabras para expresar sentimientos. Como apapachar: abrazar con el alma.
Y la religión también se mezcló: los indígenas unieron el culto a los santos con sus propias formas de honrar a sus dioses. Mira Santa María Tonantzintla, en Puebla: ángeles con rostro indígena, entre frutas y flores de aquí. Trescientos años de mezcla que hoy son parte del patrimonio de todos los mexicanos. Ahora, vamos a pensar juntos. Sin prisa.
Mira otra vez el telar. Ningún hilo se quedó solo. Y por eso el tejido es tan fuerte… y tan bonito. Esta historia tiene dos caras. Una de dolor: guerra, enfermedades, personas obligadas a trabajar y arrancadas de su tierra.
Y una de creación: comida, palabras, música, fiestas y arte que antes no existían. Recordar el dolor nos ayuda a no repetirlo. Valorar la mezcla nos ayuda a respetarnos. Hoy en México se hablan sesenta y ocho lenguas indígenas, y hay pueblos afromexicanos en Guerrero, Oaxaca y Veracruz. Todos son parte del mismo tejido.
Y tú también. ¿Qué hilos hay en ti? En lo que comes, en las palabras que usas, en la música que escuchas… tal vez hasta en tu nombre. Nadie está hecho de un solo hilo. Y la historia se sigue tejiendo… también contigo, cada vez que tratas con respeto a alguien diferente a ti.
¿Listo para el reto del cronista? Un cronista escribe la historia para que no se olvide. Son cuatro preguntas. Di tu respuesta en voz alta antes de que se acabe el hilo del carrete. Pregunta uno.
¿Por qué Portugal y España buscaron nuevas rutas por el mar? ¿Porque querían conocer América? ¿Porque los otomanos les cerraron el paso a Asia? ¿O porque se les acabó la comida? ¡Porque los otomanos les cerraron el paso a Asia!
En Europa, nadie sabía todavía que América existía. Pregunta dos. Además de las batallas, ¿qué debilitó a Tenochtitlan durante el sitio? ¿Un terremoto? ¿La viruela?
¿O una inundación? ¡La viruela! Una enfermedad que no existía en América, y que enfermó a miles de personas. Pregunta tres. ¿Qué era la encomienda?
¿Un regalo de Moctezuma? ¿Un tipo de barco? ¿O tierra con indígenas que la trabajaban, a cambio de enseñarles la religión? ¡Tierra con indígenas que la trabajaban! Y como los maltrataban, al final desapareció.
Pregunta cuatro, la del principio. Tacos de carnitas con salsa de jitomate y chile. ¿De dónde viene todo eso? ¿Todo de Europa? ¿Todo de Mesoamérica?
¿O de una mezcla de los dos mundos? ¡De una mezcla! Tortilla, jitomate y chile de aquí; cerdo de Europa. Quinientos años de historia… en un taco. ¿Cuántas acertaste?
Si alguna se te escapó, regresa a esa parte del video. Un buen cronista siempre vuelve a revisar sus notas. Y ahora, una misión en familia, de la página ciento cincuenta y cinco. Visiten un museo cercano. El INAH tiene museos en los treinta y dos estados del país.
Busquen objetos de la época del encuentro entre América y Europa: armas, ropa, cosas de la vida diaria. Y platiquen: ¿qué se mezcló en el lugar donde viven? En la descripción te dejo el video del INAH sobre las pinturas de castas y las novelas históricas que recomienda el libro. Si esta historia te hizo sentir algo, dale like, y suscríbete para seguir tejiendo la historia con nosotros. En la siguiente lección: ¡los mapas!
Si quieres saber más, revisa los enlaces en la descripción de este video. Sigue disfrutando de la experiencia de aprender. ¡Nos vemos hasta la próxima!





